En estos pocos días que han pasado del 2026, he tenido momentos bastante reflexivos. Me sentía agotada, afanada, preocupada; como si estuviera en una carrera y yo me fuera quedando atrás. Todos en Instagram hablan de hacer el balance del año pasado, crear el vision board del 2026, definir nuevas metas, pero yo parecía estar detenida en el tiempo, sin lograr notar la diferencia de un año a otro.
En esta era digital, donde plataformas como las redes sociales muchas veces se usan para compartir logros, también se sienten, en otros momentos, como una presión constante: tienes que mostrar que llevas una vida feliz, con buen trabajo, lindos viajes y, por supuesto, verte como el más lindo o la más linda para robarte un par de likes en las historias.
Esto sin olvidar a quienes hacen aún más “interesante” esta forma actual de relacionarnos: los influencers. Una palabra de la que no sabemos quién fue su creador, pero que encierra un gran significado. Aunque a muchos parece no llamarles la atención, tiene más importancia de la que creemos. Ellos están influenciándonos, afectando opiniones y decisiones colectivas.

Hace unos años, ver a una chica de 20 años con carro, casa, viajes al exterior, un novio perfecto y una boda increíble, o a un chico de unos 22 con un súper carro, las mejores fiestas, muchos viajes y mucho dinero, era algo casi inconcebible. Hoy, en cambio, parece parte de nuestra cotidianidad. Basta con abrir nuestra red social favorita y buscar algún nombre famoso: ahí está una vida que aparenta ser perfecta, pero que, sin darnos cuenta, va permeando nuestra mente y atravesando nuestras creencias hasta lo más profundo.
Es allí donde empiezan pensamientos como: antes de llegar a los 30 necesito independizarme, casarme y tener mucho dinero para viajar. Pero ¿realmente este es nuestro sueño? o ¿es algo infundado por las vidas idealizadas que vemos todos los días a través de las pantallas?
Es como si el poder adquisitivo nos diera valor como personas y no nos permitiera enfocarnos en quiénes somos ni en quiénes nos rodean, que es lo que realmente nos hace valiosos. ¿Esto nos suena familiar? Claramente responde a una sociedad capitalista de la que, aunque sabemos que no podemos salir del todo, sí podemos habitar de manera crítica.

No podemos dejar de lado algo bastante importante: nuestros jóvenes y adolescentes soachunos probablemente crecen bajo la misma lógica, con el afán constante de adquirir y adquirir, sin tener en cuenta las profundas desigualdades en las que vivimos. No es lo mismo exigirle un estilo de vida a un joven que nació en un barrio de estrato alto que a otro cuyos padres apenas logran subsistir con un salario mínimo. Sin embargo, en ninguno de los dos casos esta presión es justificable.
Pensémoslo un momento desde Soacha, un lugar donde “ser exitoso” no se resume solo en postear un par de fotos y aparentar, sino también en salir adelante en medio de la dificultad: ser aceptado en la universidad, lograr graduarse del colegio o conseguir un nuevo trabajo. Todo se celebra en familia y con amigos, porque el logro de uno se convierte en el de todos.
Tomemos una pausa, un respiro y preguntémonos: ¿qué es el éxito para mí y qué es lo que realmente disfruto hacer? A partir de ahí podemos empezar a definir nuestras metas de año nuevo. Tal vez sea fortalecer una amistad, permitirnos más tiempo de descanso o retomar algún proyecto pausado. Sea lo que sea, ojalá al final de este año no agradezcamos tanto por lo material, sino, sobre todo, por quienes estuvieron a nuestro lado y a nosotros mismos por seguir luchando.
Les escribo esto desde mi hogar, Soacha. El lugar donde crecí sabiendo que la vida no avanza al ritmo de Instagram. Siempre vamos paso a paso.