Edison tenía 18 años cuando lo conocí. Vivía en San Nicolás, como muchos otros jóvenes que crecen en los márgenes de una ciudad que los ignora. Era mi vecino. Su historia no salió en las noticias, ni será contada en libros. Pero debería.
Edison era inquieto, curioso, con ganas de hacer algo distinto. A veces lo escuchaba hablar de música, otras de cómo soñaba con montar un taller de motos. Pero como a muchos jóvenes en Colombia, las oportunidades se le fueron cerrando una por una. No había beca, no había empleo, no había un adulto que lo guiara más allá del consejo rápido o del regaño sin acompañamiento.
Nunca se motivó por el estudio, a pesar de terminar el bachillerato. Venía de una familia problemática, su padre no estaba presente, y de su mamá no tengo mucha información, al igual que él.
Creció en la casa de sus tíos, entre riñas y fiestas, se pasaba su juventud buscando algo que según nuestra idiosincrasia colombiana todos los jóvenes deberían encontrar en algún momento: “sentido de vida”.
A pesar de no tener familiares que lo acompañaran, sí había bandas, “parches”, ofertas rápidas y peligrosas que prometen lo que el Estado no cumple: pertenencia, dinero y una forma —torcida, pero real— de salir del anonimato.
Nunca supe de cuáles hizo parte, no me enteré quiénes fueron los que le endulzaron el oído para irse por un mundo efímero y de fácil acceso. Solo supe, que un día Edison ya no estaba.
Edison murió en una esquina del barrio. Dicen que fue por “un ajuste”.
A mí me cuesta decirlo así, porque al decirlo suena como si su destino hubiera estado escrito, como si eso fuera lo que le tocaba. Y no, no le tocaba. Pero tampoco tuvo muchas opciones para cambiarlo.

Ecos de una Ausencia. Un retrato que simboliza las historias no contadas de jóvenes en Soacha.
Esta historia se repite en Soacha, en Medellín, en Buenaventura, en el sur de Bogotá y en general en toda Colombia.
Jóvenes que nacen en contextos donde la educación es un privilegio, el trabajo digno un milagro, y la cultura o el deporte son lujos que se reparten a cuentagotas. Jóvenes que no encuentran un lugar en un país que dice querer la paz, pero no invierte lo suficiente en quienes pueden construirla.
Jóvenes que están citados con la muerte diariamente, y aunque todos como sociedad tenemos la opción de cambiarlo no queremos, porque es más fácil señalar al problemático y decir que es un desadaptado social para lavarnos las manos, solicitando condenas desde edades tempranas para intentar resarcir el daño y decir que esto es la “solución”, sin darnos cuenta que el cambio es estructural y va mucho más allá de eso.
Esto me recuerda a algo parecido a lo que han hecho los medios e incluso el presidente con el joven involucrado en el atentado al candidato presidencial de estos días, pero eso queda como un ejercicio de autorreflexión.
Lo más doloroso es la indiferencia. La manera en que la sociedad mira hacia otro lado. Cómo se vuelve paisaje la muerte de un pelado como Edison, como si no pasara nada. Como si perder un joven más fuera solo una estadística, una cifra más para el informe de fin de año.
¿A quién le importa Edison? Esa es la pregunta que me hago todos los días. Porque si no nos duele su historia, si no exigimos mejores condiciones para los que vienen detrás, si no entendemos que cada vida truncada es una derrota colectiva, entonces no estamos haciendo nada por cambiar este país.
Ojalá algún día, en San Nicolás y en tantos otros barrios, ser joven no sea una condena. Ojalá podamos construir un país que valore, escuche y cuide a su juventud. Porque Edison merecía otra historia. Y miles como él aún están a tiempo de escribirla.
En memoria de Edison, que aunque algún día escuchó el consejo, no contaba con que la tentación en un país de desigualdades era mucho más fuerte.